Hay un asunto en la Tierra,
más importante que Dios...
y es que nadie escupa sangre
pa' que otro viva mejor.-
A. Y.
Hay muchos "working class heroes".
23 de Octubre del 2008
jueves, 23 de octubre de 2008
miércoles, 8 de octubre de 2008
Lo que se viene… ¿y ahora?
Se puede decir que todo lo que uno está destinado a hacer desde que es chico hasta una cierta edad parece estar ya armado y listo para ser usado por cada uno de nosotros. Empecemos a enumerar:
Jardín de Infantes
Primaria
Secundaria
Según lo que se nos suele decir cuando somos chicos, más que nada en la adolescencia (etapa en la cual uno quiere llevarse el mundo por delante y cuestiona todo, y a todos) lo que hacemos sirve para el futuro. “¿Para qué estudiar tal o cuál materia, si no me va a servir para nada?” Típica pregunta que todos hemos hecho alguna vez. Si pensamos bien la pregunta, la misma ya implica mirar para adelante. Y la respuesta de los adultos es: “Te va a formar como persona, todo suma, etc”.
O sea que los primeros años de tu vida, te los pasás haciendo cosas para formarte. Para el futuro. Para ser alguien cuando crezcas.
¿Y el presente? ¿No son años, momentos, días, que se te escapan?
Después llega la universidad. Todo esto, si seguís el camino estipulado por la sociedad. Viste que ahora te dicen que si no tenés un título universitario, no sos nadie. Error. Gran error. Un terrible prejuicio de la sociedad actual, difícil de erradicar.
En primer lugar, un título no te garantiza nada. Si te da opciones, pero tampoco son seguras. De todas formas, la idea de estas palabras no es, justamente, realizar un ataque hacia las carreras universitarias.
Segundo, muchas personas han llegado a grandes cosas en la vida sin el título en la mano. Tanto en el ámbito deportivo, como en el de las letras y el periodismo. Los ejemplos sobran...
Por último, recibirte, tampoco te asegura ser un buen profesional. Hay otros factores que influyen, y que son más determinantes que el diploma. Pero para variar, nos fuimos de tema...
¿Y el ahora? ¿No nos estaremos olvidando de disfrutar?
Jardín de Infantes
Primaria
Secundaria
Según lo que se nos suele decir cuando somos chicos, más que nada en la adolescencia (etapa en la cual uno quiere llevarse el mundo por delante y cuestiona todo, y a todos) lo que hacemos sirve para el futuro. “¿Para qué estudiar tal o cuál materia, si no me va a servir para nada?” Típica pregunta que todos hemos hecho alguna vez. Si pensamos bien la pregunta, la misma ya implica mirar para adelante. Y la respuesta de los adultos es: “Te va a formar como persona, todo suma, etc”.
O sea que los primeros años de tu vida, te los pasás haciendo cosas para formarte. Para el futuro. Para ser alguien cuando crezcas.
¿Y el presente? ¿No son años, momentos, días, que se te escapan?
Después llega la universidad. Todo esto, si seguís el camino estipulado por la sociedad. Viste que ahora te dicen que si no tenés un título universitario, no sos nadie. Error. Gran error. Un terrible prejuicio de la sociedad actual, difícil de erradicar.
En primer lugar, un título no te garantiza nada. Si te da opciones, pero tampoco son seguras. De todas formas, la idea de estas palabras no es, justamente, realizar un ataque hacia las carreras universitarias.
Segundo, muchas personas han llegado a grandes cosas en la vida sin el título en la mano. Tanto en el ámbito deportivo, como en el de las letras y el periodismo. Los ejemplos sobran...
Por último, recibirte, tampoco te asegura ser un buen profesional. Hay otros factores que influyen, y que son más determinantes que el diploma. Pero para variar, nos fuimos de tema...
¿Y el ahora? ¿No nos estaremos olvidando de disfrutar?
martes, 8 de julio de 2008
It’s been a while…
Un viaje que no se olvida.
La ansiedad estaba en su plenitud durante los meses anteriores, ni que hablar los días previos. Todas las ganas de salir de la rutina, de agarrar la mochila y vivir viajando (aunque, eso es un decir, porque ¿siempre? se vuelve). Si, creo que en esos momentos, esas semanas en la altura, se vivió otra realidad, sin problemas (o, mejor dicho, problemas no tan graves, hasta lógicos, quizás).
Eso se extraña. El estar sin preocupaciones, disfrutando de la gente y de los lugares. Si hay algo que no faltó, fue un mix de paisajes increíbles y gente copada, de distintos lugares del mundo. Desde estar hablando con una señora que vendía tazas y demás artesanías de cerámica en una plaza de Humahuaca, hasta jugar al ajedrez e impresionarnos con la habilidad de un alemán para ese juego, pasando por una entretenida charla con una chica británica demasiado hermosa (y muy simpática…) en Potosí. Esos ojos, tampoco se olvidan.
Momentos (de todos los colores y tonos). Me acuerdo en especial del viaje desde Tafí del Valle hasta Amaicha (¿o Amaichá?). Un grupo de gente en el medio de montañas y valles. Nada más que nosotros frente a la inmensidad de esa hermosa zona de nuestro país. Se iba haciendo de noche y lo poco que se podía seguir viendo, era, realmente, increíble. Minutos antes de llegar, y desde arriba, se veían de lejos las pocas luces del pueblo. Parecía de película.
A veces te quedabas impresionado con los paisajes que tenías adelante. El hecho de quedarte sentado, sin hacer nada más que mirarlos, te tranquiliza bastante. Ahora, en el día a día, se recuerda eso: las montañas, los pequeños pueblos norteños, sin edificios y con una paz que se envidia. Otro ritmo de vida. Diferente. Pausado. Lento para una persona que viene de la vorágine de la Capital y quiere todo YA. Ahora.
La rapidez, lo instantáneo, por llamarlo de cierta manera, no fue, precisamente, lo que encontramos al otro lado de la frontera. En Bolivia, la gente es cálida, muy tímida y tranquila. Es otra cultura, con similitudes a la nuestra, seguramente, pero con marcadas diferencias. “Al tiempo”, “Natural”. Al principio, te jodía, pero después, como todo en la vida, te acostumbrabas.
Lo que me impresionó, entre otras cosas, fueron las minas de Potosí. Eso si es laburar y dejar todo para ganarse la vida. Aunque, claro está, no debería ser así. Pero así son las cosas, y ese es otro tema. Más adelante, fuimos a unas aguas termales, rodeadas de montañas. El agua tenía más de 30 grados de temperatura. Un momento más para relajarse y contemplar. Mirar hasta que se te canse la vista. Aunque creo que en el momento, mucho no se termina de apreciar. Con el tiempo, se valoran más las cosas y los momentos vividos.
La ansiedad estaba en su plenitud durante los meses anteriores, ni que hablar los días previos. Todas las ganas de salir de la rutina, de agarrar la mochila y vivir viajando (aunque, eso es un decir, porque ¿siempre? se vuelve). Si, creo que en esos momentos, esas semanas en la altura, se vivió otra realidad, sin problemas (o, mejor dicho, problemas no tan graves, hasta lógicos, quizás).
Eso se extraña. El estar sin preocupaciones, disfrutando de la gente y de los lugares. Si hay algo que no faltó, fue un mix de paisajes increíbles y gente copada, de distintos lugares del mundo. Desde estar hablando con una señora que vendía tazas y demás artesanías de cerámica en una plaza de Humahuaca, hasta jugar al ajedrez e impresionarnos con la habilidad de un alemán para ese juego, pasando por una entretenida charla con una chica británica demasiado hermosa (y muy simpática…) en Potosí. Esos ojos, tampoco se olvidan.
Momentos (de todos los colores y tonos). Me acuerdo en especial del viaje desde Tafí del Valle hasta Amaicha (¿o Amaichá?). Un grupo de gente en el medio de montañas y valles. Nada más que nosotros frente a la inmensidad de esa hermosa zona de nuestro país. Se iba haciendo de noche y lo poco que se podía seguir viendo, era, realmente, increíble. Minutos antes de llegar, y desde arriba, se veían de lejos las pocas luces del pueblo. Parecía de película.
A veces te quedabas impresionado con los paisajes que tenías adelante. El hecho de quedarte sentado, sin hacer nada más que mirarlos, te tranquiliza bastante. Ahora, en el día a día, se recuerda eso: las montañas, los pequeños pueblos norteños, sin edificios y con una paz que se envidia. Otro ritmo de vida. Diferente. Pausado. Lento para una persona que viene de la vorágine de la Capital y quiere todo YA. Ahora.
La rapidez, lo instantáneo, por llamarlo de cierta manera, no fue, precisamente, lo que encontramos al otro lado de la frontera. En Bolivia, la gente es cálida, muy tímida y tranquila. Es otra cultura, con similitudes a la nuestra, seguramente, pero con marcadas diferencias. “Al tiempo”, “Natural”. Al principio, te jodía, pero después, como todo en la vida, te acostumbrabas.
Lo que me impresionó, entre otras cosas, fueron las minas de Potosí. Eso si es laburar y dejar todo para ganarse la vida. Aunque, claro está, no debería ser así. Pero así son las cosas, y ese es otro tema. Más adelante, fuimos a unas aguas termales, rodeadas de montañas. El agua tenía más de 30 grados de temperatura. Un momento más para relajarse y contemplar. Mirar hasta que se te canse la vista. Aunque creo que en el momento, mucho no se termina de apreciar. Con el tiempo, se valoran más las cosas y los momentos vividos.
Siempre.
A un par de días de emprender la vuelta (esperada, en parte; una sensación contradictoria en cierta manera) pudimos ver otro paisaje alucinante: el recorrido desde La Quiaca hasta Humahuaca. Sin palabras. Día soleado. Hasta perfecto, se podría decir. La inmensidad de la quebrada es, verdaderamente, impresionante.
Salimos con todas las ganas y la alegría, sumadas a un deseo de pasarla más que bien, conociendo lugares y gente. Y aprendiendo, porque si hay algo que si se pudo hacer, fue llenarnos de otras maneras de llevar la vida y de distintas formas de manejarse. Otra realidad. Y a la vuelta, se quería llegar a casa, pero sin dejar de acordarse de lo vivido. Extrañando.
Parece que a veces, uno tiende a idealizar demasiado. Pero no importa.
A un par de días de emprender la vuelta (esperada, en parte; una sensación contradictoria en cierta manera) pudimos ver otro paisaje alucinante: el recorrido desde La Quiaca hasta Humahuaca. Sin palabras. Día soleado. Hasta perfecto, se podría decir. La inmensidad de la quebrada es, verdaderamente, impresionante.
Salimos con todas las ganas y la alegría, sumadas a un deseo de pasarla más que bien, conociendo lugares y gente. Y aprendiendo, porque si hay algo que si se pudo hacer, fue llenarnos de otras maneras de llevar la vida y de distintas formas de manejarse. Otra realidad. Y a la vuelta, se quería llegar a casa, pero sin dejar de acordarse de lo vivido. Extrañando.
Parece que a veces, uno tiende a idealizar demasiado. Pero no importa.
Un viaje así, te abre la cabeza. Aún sin idealizarlo.
Siempre se vuelve…
Dicen que allá, lejos en la altura, se respira mejor.-
Siempre se vuelve…
Dicen que allá, lejos en la altura, se respira mejor.-
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